¿Integración o Inclusión?

Marcelo Crisafio (staff)

Al igual que en la edición anterior, me han pedido que haga la etimología de los conceptos centrales que abarca este número. Como trabajo en una de las escuelas receptoras y no de las expulsoras, escucho y utilizo frecuentemente los términos “integración” e “inclusión” y sus derivados. Pero como pertenezco al ámbito del Lenguaje y no al de las Ciencias de la Educación, apenas me encargaron el artículo fui a la Biblioteca del colegio y leí varios textos sobre el tema para ponerme en contexto. Y ahí me enteré de que hasta ahora me había expresado de manera políticamente incorrecta.

Es una verdad de Perogrullo que el lenguaje es una convención, una herramienta con la que expresamos nuestros pensamientos y sentimientos y que los conceptos que construimos para entender y explicar la realidad cambian con el tiempo, a veces hasta convertirse en lo opuesto de lo que alguna vez fue. Si yo dijera hoy que alguien es demasiado imbécil para gobernar estaría declarando que es muy poco inteligente e insultándolo agresivamente; pero en su origen simplemente estaría diciendo que es demasiado joven y que, por lo tanto, no tiene experiencia de vida suficiente para hacerlo, dado que imbécil deriva del latín imbecilius (literalmente “sin bastón”) y era una palabra sinónimo de iuven (joven) para la situación específica  en que se quería señalar la falta de pericia que se tiene a corta edad para ciertos asuntos. Asimismo, nuestra palabra “crueldad” proviene del latín crudelitas, lo que evidencia que los romanos tenían una idea de qué era lo cruel; sin embargo propinarle cien latigazos a alguien como paso previo a una muerte lenta y horrorosa como lo es la crucifixión era para ellos un acto de justicia. Digo todo esto porque como docente siempre intenté integrar al alumno al que consideraba ya incluido. Y para ello me basaba en la etimología o, si se quiere, en la semántica. Veamos.

El verbo “incluir” proviene del latín includere compuesto del prefijo in (en, dentro, en el interior) y el verbo claudere (cerrar). Básicamente significa “encerrar, poner dentro de algo, colocar dentro de unos límites” que, en el tema que nos ocupa, podría ser la escuela, el grado, el aula. La raíz del verbo claudere está en palabras como “concluir, recluir, excluir, clausura, claustro, esclusa” y también en “llave, clavija y clavar”. Es una de las varias raíces latinas que entraron al inglés, por ejemplo en la palabra close.

El verbo “integrar” deriva del latín integrare formado por el prefijo in (en este caso el privativo que significa “no”, como en “inútil”) y el verbo tangere (tocar). Literalmente “no tocado”, en el sentido de que no ha sido roto, extraído, separado, manchado, ensuciado. Por eso decimos que una persona es íntegra refiriéndonos a su moral. Básicamente el verbo significa “completar, incorporar, formar parte de un todo” que, dentro del asunto que nos ocupa, también podría ser la escuela, el grado, el aula. El verbo tangere está en la raíz de palabras tales como “intacto, íntegro, entero, tangente, contacto, contagiar, contiguo, contingencia” y, aunque no lo parezca, en “tañer, acontecer, contaminar”.

Desde esta perspectiva etimológica, todo lo integrado está incluido pero no todo lo incluido está integrado. Y, aún más, lo que yo intentaba hacer es lo que los propulsores de la inclusión dicen que se debe hacer. Por ejemplo, en las frases “el jugador Fulano está incluido en la lista de jugadores que irán al Mundial” y “el jugador Fulano integra la lista de jugadores que irán al Mundial” prácticamente son sinónimos. Pero en “el jugador Fulano está incluido en el plantel de la Selección Argentina pero no integra el equipo titular” los conceptos son claramente diferentes.

Esto significa -siempre desde la etimología- que es mejor integrar al alumno que solamente incluirlo. Queda incluido (adentro, encerrado) en la escuela con el simple hecho de inscribirlo en ella. Pero para integrarlo (para que forme parte del todo que es la comunidad educativa) hay que “trabajar”, es decir, llevar a la práctica una serie de acciones, planificar un proceso.

Desde el idiolecto de las Ciencias de la Educación el concepto de diversidad es clave para definir la integración y la inclusión, donde en la primera se trata a todos como iguales y en la segunda es donde se respetan las diferencias. Nuevamente esto no tiene sustento etimológico ni semántico, dado que un todo está constituido por partes disímiles entre sí. Volviendo a la analogía futbolera, el arquero, el defensor, el mediocampista y el centrodelantero, todos con habilidades, funciones y responsabilidades diferentes, constituyen el equipo que -todo él íntegramente- gana, empata o pierde.

Llegados a este punto me veo obligado a decir otra perogrullada. Los individuos no cambian el lenguaje, sólo la masa hablante lo puede hacer. Así que si hace más de una década que circula el concepto de “escuela inclusiva” tal como aparece en esta revista y en centenares de textos y discursos, pues deberemos atenernos a ello si queremos que la convención del lenguaje siga funcionando. Dejando de lado -y minimizando- el error etimológico y semántico, desde el punto de vista social vemos que aparece la necesidad de pasar del paradigma de la integración al paradigma de la inclusión con la idea clave de respetar la diversidad. Esta misma sociedad es la que llama Día del Respeto a la Diversidad Cultural al antiguo Día de la Raza y desde 2002 celebra el 21 de mayo como el Día de la Diversidad Cultural para el Desarrollo y el Diálogo. Es la misma en la que se empezó a acuñar términos y frases como “exclusión”, “los excluidos del sistema”, “la marginalización” que escuchamos cada vez más frecuentemente. Es la que está reelaborando paradigmas y conceptos porque siente que los anteriores no le sirven, que no le han dado resultados, que la educación sigue dejando a muchos individuos afuera. El concepto de inclusión aparece más como oposición a exclusión que a integración –que era un objetivo bastante noble, convengamos, si lo que pretendían era que “todos” formaran parte del “todo” que es la escuela-.

Esta sociedad, en definitiva, se dio cuenta que el paradigma anterior, al centrarse en las llamadas patologías cognitivas (ADD, TEA) y patologías sociales (mala conducta, agresividad) dejaba afuera a los migrantes e inmigrantes, a los pobres, a los descendientes de aborígenes, a los adultos o un poco desfasados de edad que no han podido terminarla en los tiempos pretendidos, para los que se acuñaron los términos de “patologías de la pobreza” o “patologías culturales”. Es decir, nos dimos cuenta como sociedad que era necesario no sólo pensar en el niño con necesidades especiales sino también en las necesidades de todos los individuos, esto es, en el derecho a “una educación integral que desarrolle todas las dimensiones de la persona” (artículo 11, inciso b de la Ley de Educación Nacional 26.606) y asegurando “condiciones de igualdad, respetando las diferencias” sin admitir discriminación de ningún tipo (artículo 11, inciso f). Esta política educativa de la inclusión está acorde con programas educativos internacionales como los elaborados por la UNESCO o UNICEF. No obstante, estas mismas instituciones cuando tratan el tema de la inmigración, proponen Programas de Integración del Inmigrante porque desde el punto de vista de la Sociología y/o la Antropología, es claro que estar en una sociedad no es lo mismo que formar parte de ella. Los primeros son encargados a Técnicos de la Educación, los segundos a Sociólogos. Es un problema de idiolectos, como sugerimos más arriba.

En resumen, la aparición de la palabra “inclusión” en el lenguaje educativo, si bien no es la más adecuada desde el punto de vista etimológico y semántico, cumple una función retórica, en el sentido de que va más allá de la función comunicativa que nos dice que hay que “colocar a todos en la escuela” y nos refiere a conceptos que la sociedad considera valiosos y necesarios como el “respeto a la diversidad” y “la igualdad en el derecho”. La inclusión (dejar entrar) no es una solución en sí mismo así como tampoco solucionamos los problemas de discriminación por género por el simple hecho de decir “todos y todas” y “chicos y chicas” lo cual es una redundancia semántica y, aunque usted no lo crea, etimológicamente incorrecto.

Ahora bien, independientemente de la incorrección lingüística ¿Cuáles son las acciones que se han de llevar a cabo en la práctica educativa para que los alumnos una vez colocados (incluidos) en la escuela formen parte del (se integren al) sistema educativo? Venga, inclúyase en DECEDUCANDO Nº 3 a ver qué dicen los escritores que integran este número.

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