Esos raros niños nuevos, los “tiranos”

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Luciano Lutereau (1)

 

Una de las figuras propias de la infancia de nuestro tiempo es lo que podría llamarse el “niño tirano” de sus padres. ¿Quién no ha visto la escena recurrente en que un menor, ante alguna frustración, en plena calle acusa (o incluso insulta) a quien lo lleva de la mano? Ya hacia 1914 Freud se había referido a la particular pregnancia del narcisismo en la infancia con la expresión “His majesty, the baby”; pero en estas circunstancias pareciera que no sólo se trata de un bebé, y que su majestad aspira a un gobierno de mayor alcance.

El núcleo de la cuestión podría radicar en el tipo de relación que el adulto mantiene con la demanda del niño. Por un lado, la cultura contemporánea (mejor dicho, el mercado) ubica al niño en el cenit de las ofertas; casi no hay producto que no pueda ser adaptado a una versión “for babies”. Por otro lado, los adultos han sucumbido a una infantilización creciente. En cierta ocasión, en un vuelo de avión recuerdo la circunstancia en que un niño gritara a su madre: “Mamá, ¡papá me está molestando!”. Este último le disputaba un juego portátil. El diagnóstico es inequívoco: los grandes ya no son tan grandes cuando se encuentran tan expuestos al circuito del consumo como los niños.

El sujeto consumidor es infantil por definición, delimitado en base a su confort y gusto. La proliferación de encuestas de conformidad lo demuestra. En estas no se pregunta otra cosa, si acaso al niño-adulto se le dio lo suficiente, según su bienestar… es la posición del lactante la que se pone en juego aquí. Por eso cabría preguntar: el consejo pediátrico del pecho a demanda, ¿no es el reflejo teórico (y pseudocientífico) de una situación cultural y comercial? Nacemos para ser servidos, para que nuestra satisfacción esté en el centro de nuestra realización personal.  

He aquí un matiz destacado por G. Lipovetsky en su libro La felicidad paradójica (2007). Ya no se trata del capitalismo de producción; ni de la versión que ubica al sujeto en la categoría potencial del comprador; sino de la estetización de la experiencia social, a través de un compromiso fuertemente emotivo: “Nace un Homo consumericus de tercer tipo, una especie de turboconsumidor desatado, móvil y flexible, liberado en buena medida de las antiguas culturas de clase, con gustos y adquisiciones imprevisibles. Del consumidor sometido a las coerciones sociales del standing se ha pasado al hiperconsumidor al acecho de experiencias emocionales y de mayor bienestar”, afirma el sociólogo francés. Sólo resta añadir, como hemos dicho, que el nuevo Homo consumericus por excelencia es el niño.

En nuestros días, entonces, el niño puede ser a veces el padre del hombre; o, dicho de otra manera, la creciente paridad que busca imponerse entre niños y adultos tiene como correlato un efecto inesperado: la violencia. Este es un aspecto destacado por Colette Soler en su libro Lo que queda de la infancia (2015): “¿Pero acaso los estragos del niño generalizado, con lo que eso implica con respecto de las disparidades clásicas entre la autoridad del adulto y el niño obediente, pero también entre profesores y alumnos, o sea el final de su jerarquía, no se perciben en lo que se comienza a lamentar del niño que no sólo es indomable sino a veces tirano, en las familias o en las escuelas?”. En última instancia, todo lazo social implica una disparidad, y cuando esta no puede sostenerse se produce lo que Soler llama “estrago”: la impotencia en que eventualmente recaen los adultos conduce a los síntomas de la autoridad destituida (no sólo la agresión física, sino el avasallamiento subjetivo que implica responder a la demanda del niño con entretenimientos).

Desde el punto de vista del psicoanálisis freudiano, hay tres profesiones imposibles. Gobernar, educar y analizar. Respecto de la primera, la estetización de la política (de acuerdo con la prescripción fatal de Walter Benjamin) es una realidad consumada. A propósito de la educación, los niños indomables son el presagio de una destinación: el rechazo del saber a favor de algo más urgente que la satisfacción de un deseo, esto es, la exigencia urgente de un goce pleno.

Por último, el psicoanálisis. Quizá en este último caso se trate de la única imposibilidad virtuosa, aquella que puede transformarse en causa de subjetivación, en la que la pérdida puede no ser frustrante ni sucumbir al efecto de masa. Afortunadamente, nunca podría haber una consolación por el psicoanálisis. Por lo tanto, en este artículo, intentaremos poner en tensión lo que puede ser achacado a la época junto a lo que debe ser reconocido desde un punto de vista estructural. La salvedad es evidente: tampoco un psicoanalista puede permitirse recaer en una visión nostálgica o, peor, moralista. En lo que sigue, entonces, tomaremos tres ejes: la violencia, los berrinches, el llanto. Nos proponemos pensar modos actuales de manifestación desde una perspectiva de la constitución subjetiva. Para concluir, realizaremos algunas consideraciones sobre el juego, con el propósito extender su frontera de aplicación más allá, no sólo de una cuestión técnica, sino como herramienta de lectura que incumbe a la ética del analista.

Niños violentos

Es habitual que los adultos se preocupen por la relación entre los niños y la violencia. En particular, los niños parecen ser seres espontáneamente violentos que juegan a la pelea, con armas e incluso celebran videogames en los que se trata de robar, disparar y, en el mejor de los casos, matar. Frente a esta coyuntura, los adultos consultan muchas veces a un analista u otro especialista: “¿Es bueno que juegue a esto?”.

El carácter moral de esta pregunta suele incomodar. Y con justa razón, ya que un paso previo estaría en interrogar cuál es el valor psíquico (antes que el valor educativo) de este tipo de juegos. De manera específica, la pregunta se reformularía en los siguientes términos: ¿en qué fantasías se sostiene esta experiencia lúdica?

En primer lugar, cabría hacer una observación preliminar respecto del estatuto de la fantasía en psicoanálisis. Cada tanto ocurre que algún pensador reniega respecto de que Freud habría confundido la fantasía con la realidad en los inicios de su teoría: al abandonar la teoría traumática de la neurosis, y promover que la seducción infantil sería una fantasía, habría desconocido el carácter real de los abusos en la infancia.

Nada más lejos que la oposición binaria entre fantasía y realidad en la teoría de Freud. Decir que la seducción implica una posición en la fantasía (declararse como “víctima”) no desmiente que el hecho puede efectivamente haber acontecido. En todo caso, lo que Freud destaca es que ante el hecho no deja de haber una posición del sujeto. Por eso, cuando el inventor del psicoanálisis dijera “Ya no creo en mi neurótica”, no se refería a una paciente, sino a su teoría del trauma en tanto que no implicaba al sujeto como víctima. Por esta vía, ¡lo traumático pasaría a ser lo real de la fantasía!

En el caso de los niños, suele ser considerable su interés por lo traumático. Ansían ver el lugar en que ocurrió un accidente, o bien fantasean los escenarios más diversos en que ocurren incendios, explosiones, etc. Justamente, a diferencia de los neuróticos freudianos, para ellos no se borra el alcance de la complicidad con lo real. Uno de los aspectos de eficacia de la represión radica en la despulsionalización del deseo, lo que equivale a que adquiera un estado irrealizado, manifiesto en la suposición de un Otro que habría actuado como agente de castración.

No obstante, esto no quiere decir que los niños no estén en relación con la castración, sino que su modo de acceso es singular: a través de la escena que erotiza la violencia, este es el lugar en que se construye una fantasía específica, la llamada “escena primitiva”, en la que se obtiene la excitación a partir de sospechar que el lazo entre hombre y mujer tiene un tinte agresivo. Por eso es difícil encontrar de manera directa manifestaciones sexuales en niños; y cuando aparecen son especialmente llamativas e importantes para un diagnóstico, porque la sexualidad infantil se expresa a través de ese interés específico por lo violento.

Cuando un niño juega a matar, no debe temerse que ese sea el germen de un futuro homicida, ya que muchas veces en dicho acto de sometimiento se pone en juego la posesión relativa al sexo. De la misma manera pueden interpretarse los motivos del disparo, el ser herido y la muerte misma. En efecto, no son pocos los jóvenes que incluso ya grandes compiten a ver quién “apunta” más lejos…  

La muerte, como tal, no está inscripta en el psiquismo infantil. Es algo que puede comprobarse con las preguntas que los niños formulan en ocasión del fallecimiento de algún familiar: “¿Dónde se fue?”, “¿Ahora está en el cielo?”. En última instancia, con la verificación de la finitud en la infancia se abre la representación de otro lugar, más no la angustia de un fin.

En todo caso, para que la angustia se anude a la muerte es preciso que la realización sexual inscriba la castración, a partir de la relación con el otro sexo, motivo propio de la adolescencia en su último tramo: sólo cuando advertimos nuestro ser para el sexo es que la muerte se vuelve un problema, y muchas veces la cancelación de la vida sexual es el equivalente de la muerte misma.

El “berrinche” infantil

Es frecuente que los niños hagan berrinches. De la misma manera, los adultos suelen quejarse de los berrinches infantiles. Suelen tildarlos de “caprichosos”, demostraciones en las que un niño “deliberadamente” buscaría torcer la voluntad de sus padres.

Sin embargo, una primera aproximación a la cuestión impone destacar que no todos los berrinches son iguales. En particular, en este apartado quisiera detenerme en un tipo de berrinche que suelen aparecer entre los dos o tres años, y que tiene una importante consecuencia en la constitución del sujeto.

Luego del primer año de vida, a continuación de la instalación oral del infante en la relación con el otro, un índice concreto de la pulsión anal se verifica en la pregnancia del niño a las órdenes. De un lado hacia otro, el niño atiende a las más diversas indicaciones de manera obediente, en un claro ejercicio de su afirmación a través del apoderamiento (que prepara con el tiempo para el control de esfínteres). Un niño aprende a ir al baño en la medida en que, primero, retiene las heces que, luego, expulsa conforme a la demanda de sus padres. Para expulsar, es condición la retención.

Ahora bien, este circuito funcional al control de esfínteres tiene como correlato un incremento en las actitudes desafiantes. Ese niño que dócilmente iba de un lado para otro obedeciendo a sus padres, en determinado momento comienza a producir desplantes. Y ese tipo de negación no se vincula con el negativismo propio de la oralidad, sino que tiene como rasgo específico cierta actitud culposa. Pongamos un ejemplo, la madre guarda un juguete en un cajón y el niño comienza a llorar furioso mientras solicita que ese objeto se coloque en otro lugar. “Se volvió un tirano”, dicen algunos padres.

No obstante, la mentada tiranía implica un sufrimiento considerable. Este capricho del niño, que remeda una especie de neurosis obsesiva en miniatura (a la que algunos padres se refieren como “hay que hacer las cosas como él quiere”), está muy lejos de ser una actitud voluntaria y nociva que debe ser gobernada.

En primer lugar, es importante destacar que este acto tiene como precedente psíquico un desasimiento de la obediencia debida. Al mismo tiempo que el control ajeno es asumido como propio respecto de las heces, en el carácter se realiza este movimiento con sentido inverso, que no implica una regresión, sino un importante factor de crecimiento. Para dar cuenta de este punto es valioso notar que junto con la negativa, en un segundo tiempo el niño realiza un acto de concesión al otro. De acuerdo con el ejemplo mencionado, al mismo tiempo que dice que eso no se guarda allí, es posible que luego lo guarde en ese mismo lugar. En simultáneo con la queja respecto de que el otro quiera tocar su tenedor para comer, es factible que diga que el tenedor debe ser ubicado… en el mismo lugar en que lo dejó el adulto. Este dato permite delimitar que esa respuesta en retardo incluye un aspecto culposo que es preciso cernir: no es que el niño niegue sin más la demanda del otro, sino que la asume a través de la culpa. De esta manera es que la asume de forma negada. “No es que vos me lo decís, sino que yo lo digo”, sería la estructura de esta situación. He aquí un movimiento fundamental para la afirmación subjetiva del niño, que también se revela en la importancia que empieza a cobrar el decir en esta época. No es raro que en este momento comiencen también los juegos relativos a quién dijo tal o cual cosa, etc.

En segundo lugar, la culpa del niño se encuentra reforzada por el temor a que el otro se enoje. Es particularmente notable cómo en esta época los niños piensan que sus padres se hostilizan por los más diversos motivos. Esta suposición de un enojo al otro es fundamental para que los adultos no lo actualicen enojándose de veras, ya que reforzarían esa culpa que es un atravesamiento necesario. Por esta vía es que podrían evitarse esos falsos castigos que son las penitencias (como ir a pensar al baño u otro tipo de torpezas), que tienen la intención de que un niño pueda responsabilizarse de un acto o entender las consecuencias de su motivación. Es algo ridículo, porque el niño está inicialmente en una posición de culpa. En todo caso, mucho más importante es destituir el enojo del adulto para advertir que no sólo hay un modo de hacer las cosas.

Es cierto que no somos muchos los padres que estamos dispuestos a tener esta actitud más comprensiva con los berrinches infantiles. No obstante, eso no se debe a cuestiones de cansancio, métodos de crianza u otras excusas. En última instancia, cuando frente al berrinche de un niño el adulto se obstina en que aquél debe entender que tal o cual cosa no se hace sino que se hace de este otro modo, para aceptar que la autoridad debe ser obedecida y otro tipo de sandeces, ya sabemos también quién aún no pudo hacer con sus berrinches algo mejor que seguir actuándolos a pesar de la edad.

El llanto de los niños

En ciertas ocasiones ocurre que un niño llore, y su llanto parezca desproporcionado respecto de la escena. El adulto padece el desconcierto, se excusa ante otros, dice: “Pero, no es para tanto…”. Podría ser la situación de que se le haya proferido una indicación negativa, pero no se trata de que lo hayan retado; o ni siquiera eso: recuerdo la situación en que a un niño de tres años se le quitó el vaso de la mesa antes de que terminara de beber, mientras él hacía otra cosa, distraídamente, pero al notar que el vaso ya no estaba irrumpió en llanto desconsolado y enojo hacia quien lo había retirado.

Esta coyuntura, en la que se verifica una desproporción entre un incidente y su efecto, invita a suponer un eslabón intermedio que vuelva inteligible por qué (y es algo corriente) los niños lloran de esa forma tan particular, en la que acusan al otro de haberles hecho un daño… como si los hubiera golpeado. Y, por cierto, es un artículo de Freud titulado “Pegan a un niño” el que permite esclarecer esta circunstancia.

En dicho artículo, Freud delimita un aspecto crucial de la posición infantil del niño: la erotización del lazo amoroso con el adulto. Esta coordenada se comprueba en diversos juegos infantiles, como aquellos que involucran el cuerpo del niño en tanto objeto que puede ser “comido” (por un lobo u otro animal ficticio), “arrojado” (en juegos de luchas), “descubierto” (o espiado, escondido, etc.), aunque también invocado (para la orden o la ternura de la canción). El cuerpo del niño establece una relación directa con el goce de los adultos, que se permiten sin mayores rodeos las más directas transgresiones (incluso bajo la forma de juegos) sobre esa corporalidad. Dicho de otra manera, nadie se autoriza a sentar sobre sus rodillas (o alzar) a la esposa de un amigo cuando se la presentan. A los niños los acariciamos sin su consentimiento, los despeinamos y hasta les pedimos que nos besen para despedirse… El cuerpo del niño es un cuerpo abusado por definición, más allá de cualquier contingencia en que ese abuso pueda tomar la forma del estupro o pedofilia.

Ahora bien, la erotización del lazo amoroso con el adulto, que toma el aspecto de una erotización del ofrecimiento del cuerpo (por parte del niño) tiene su correlato en que las mencionadas transgresiones se vuelvan objeto de demanda infantil. Los niños pequeños no sólo piden ser “comidos”, “arrojados”, etc., en determinados juegos, sino que también encontramos el caso de niños que “piden” castigos, al buscar el límite y el reto.

Sin embargo, en función de la situación mencionada en un comienzo, ¿qué ocurre cuando la coyuntura pareciera invertirse y aparece que, sin poner el cuerpo, el niño declama haber sido “golpeado” (o retado, o dañado en el sentido más amplio)? En principio, cabe destacar que se trata en este punto de un importante logro de constitución subjetiva. La seducción cae como algo efectivo para que se realice en la fantasía. Asimismo, del agente real de la erotización del lazo amoroso deberíamos reconocer que se trata de la madre o de un sustituto materno (que bien podría ser un varón). En posición de objeto el niño se encuentra, eminentemente, para el deseo de la madre. En la fantasía, en cambio, el golpe queda a cargo del padre; pero, ¿cómo se consigue esta sustitución?

Lo que hemos llamado “posición de objeto” del niño implica su carácter fálico. El niño es el falo de la madre. Cuando deja de serlo, y se produce la destitución de la seducción espontánea, el niño vive con culpa esta coyuntura. ¡Ha dañado a la madre! Por lo tanto, padre es todo aquello que viene situarse como reparador de esta culpa fundamental del niño al perder su ser fálico. El niño llama al padre (que bien puede ser incluso su madre) para que la culpa encuentre un fundamento. El castigo, entonces, es “merecido”.

El eslabón intermedio de este pasaje es también el descubrimiento de la masturbación: al abandonar su ser fálico, el niño descubre que puede obtener un goce de su falo. El goce fálico (el “narcisismo del falo”, como lo llama Freud) será por excelencia el goce culpable o, mejor dicho, el goce de la culpa. Siempre en la culpa hay algo masturbatorio. De este modo, para concluir, esto explica por qué también Freud decía que la fantasía “Pegan a un niño” se encontraba soldada a la masturbación. El padre no es quien prohíbe o castiga el goce masturbatorio, sino, a la inversa, quien pone a salvo de la culpa de haber dejado a la madre.

El tiempo del juego

El juego infantil no es un acto entre otros. Incluso en el marco del psicoanálisis, el juego no es una técnica específica o una adaptación del dispositivo con adultos para el trabajo con niños. El juego es el modo en que los niños cumplen la regla fundamental del análisis, la asociación libre, entendida ésta como una manera de hablar diferente al de la vida ordinaria, de cada día, basada en actividades utilitarias.

La experiencia lúdica se caracteriza por cierta especificidad temporal: mientras que las diligencias cotidianas implican un tiempo predeterminado (si alguien que demorara una hora para martillar un clavo diríamos que está haciendo otra cosa), el tiempo del juego escapa a la delimitación cronológica objetiva. “Ahora, de nuevo” podría ser la cifra que mejor exprese su carácter temporalizante; porque, por un lado, escapa a toda sucesión de instantes y, por otro lado, implica una noción propia de repetición.

Esta doble consideración podría dar cuenta de un hecho trivial, me refiero a la situación corriente en que un adulto busca arrancarle al juego su condición singular al preguntarle a un niño “¿Jugaste mucho?”. El juego escapa a la duración, lo cual también se verifica en esa otra circunstancia en que ante el reclamo que un adulto puede formular (debido a alguna necesidad del tiempo objetivo), un niño responde: “Cinco minutos más”. Es evidente que aquí no se está pidiendo una “cantidad de tiempo”.

Ese “cinco” (de los “cinco minutos”) delimita el verdadero objeto del juego: el tiempo de la repetición que, como tal, es el resultado de una operación de vaciamiento. El “otra vez” del juego no es nunca un “una vez más”, sino una especie de “aún” o “todavía”, con un valor puramente diferencial. El vacío con el que se juega es la más pura diferencia que está en la causa de la relación del sujeto con el tiempo.

Pienso en cuántas escenas con niños, que habitualmente suelen ser pensadas como “berrinches” o “falta de límites”, podrían resignificarse y ser pensadas en términos lúdicos a partir de estas consideraciones. No hay mayor indicador clínico del carácter intrusivo del adulto en el juego de un niño que un desplante que, por abuso de “adulto-morfía”, llamamos “capricho”. Nunca dejará de ser sorprendente que Freud pudiera ver una escena de juego (que llamó “fort-da”) ahí donde los demás veían un “hábito molesto” (sic).

Que el niño juega con el tiempo es algo que ya entrevieron varios filósofos, como W. Benjamin, E. Benveniste o G. Agamben, con una lucidez mayor a la de muchos psicoanalistas. Pero si hay algo propio en la consideración psicoanalítica del juego, que ningún filósofo pudo entrever, es lo que Freud llamó su aspecto “económico”, es decir, la forma en que la experiencia lúdica instituye los circuitos pulsionales de la infancia. Dicho de otra manera, que el niño juegue con ese objeto que llamamos tiempo o, mejor dicho, que transforme el tiempo en ese objeto que no es un objeto, sino que, más bien, es un resto que escapa a la totalización temporal; o dicho de otra manera, que la infancia sea un tratamiento del tiempo como resto (en el sentido, por ejemplo, en que Derrida acuñara la noción de “restance”), que hace del resto-del-tiempo un objeto que no es más que “nada” (esos “cinco minutos más”), da cuenta de un aspecto fundamental: el goce que instaura la experiencia lúdica constituye el erotismo del sujeto, sea que esa “nada” alcance a lo oral (como lo muestran las “damas” y otros juegos de “comer”), lo anal (presente en varios juegos de reglas), pero fundamentalmente lo escópico (basado en la función de la ilusión y el engaño) y lo invocante (articulado a la función del secreto).

Se juega siempre con un resto. Se juega para constituirse como sujeto. Por eso el juego que importa al psicoanálisis no es el que significa algo, o puede ser interpretado, porque el juego mismo es una interpretación, por sí mismo, que toca la gramática del cuerpo. He aquí un punto en que deberíamos distanciarnos de Freud. Si para éste la continuación del juego, en los jóvenes, se daba a partir de la fantasía como sueño diurno, cabría enfatizar que esta consideración freudiana se basa en el prejuicio que hace del juego una simbolización o una instancia de representación. Estas posiciones son triviales. El juego está más cerca de la experiencia erótica que de la hermenéutica.

Esta última observación permite advertir, entonces, que la continuación del juego radica en el descubrimiento de dos experiencias propias de la adolescencia: la caricia y el beso. El tiempo de la caricia escapa al del mero tocar; en última instancia, debería reconocerse que cuando se hacen mimos (ya lo dijeron Sartre y Levinas) no se toca nada, sino que se descubre el propio cuerpo a través del cuerpo del otro. Los niños no hacen caricias, sólo después de la pubertad aparece esta nueva modalidad de acto. Y lo mismo podría decirse de esa escena recurrente en la que vemos a una pareja de jóvenes besándose en una plaza. ¿Cuándo se da el primer beso? Acaso, ¿no debería reconocerse que los adolescentes buscan en el acto de besar un único beso (“Ahora, de nuevo”) que nunca se actualiza?

Los jóvenes se besan para recuperar ese beso que no es ninguno, que es nada, porque sólo en tanto perdido causa el acto de besar, y que se pone de manifiesto en cada despedida, sea que los veamos volver a besarse nuevamente (otra vez, todavía), o bien cuando por teléfono uno pregunta: “¿Cortaste?”, y el otro responde: “No, mejor cortá vos”. Y así pasan las horas jugando, amándose, en un tiempo que no es está en el tiempo de todos los días. Por esta vía podrían repensarse diversos fenómenos actuales que suelen ser patologizados de antemano en la época contemporánea (como la llamada “previa” adolescente). A esta cuestión nos dedicaremos en un próximo trabajo, con el mismo criterio que aquí seguimos para la infancia: la lectura que hace el psicoanálisis siempre va a contrapelo de cualquier disquisición psicopatológica, para pensar posiciones subjetivas incluso allí donde parecen desvíos, porque toda norma no es más que un ideal supuesto.

Bibliografía

Lipovetsky, G. (2007). La felicidad paradójicaEnsayo sobre la sociedad de hiperconsumo. Barcelona: Anagrama.

Soler, C. (2015). Lo que queda de la infancia. Letra Viva: Buenos Aires.


(1) Doctor en Filosofía (UBA) y Doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de Uces. Autor de los libros: “Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante” (2012), “Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina” (2016) y “Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres” (2017).

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