Educar

Marcelo Crisafio(1)

En el primer día de clase en el profesorado me dijeron:  “La palabra educar proviene del latín educare, alimentar y ex ducere, extraer”. A continuación, el profesor explicó el concepto teórico que ya hemos escuchado tantas veces.  Algo así como que la educación es un proceso de dos movimientos donde por un lado el docente da algo (información, teorías, métodos, etc.) que alimenta el cerebro y el espíritu del alumno para poder extraer un nuevo conocimiento, una nueva teoría, una pregunta, o simplemente las ganas de averiguar, de saber.  A lo largo de la carrera y dependiendo del sentido estético-poético del profesor, alimentábamos con valores y sentimientos y extraíamos pasiones y dolores, y varias otras variantes; la más colorida fue aquella de que eso que yo extraía del alumno me alimentaba a mí, de modo que el alumno luego extraía de mí un mejor profesor. En otra ocasión me repitieron esta (ya les adelanto) falsa etimología para relacionarla con la mayéutica de Sócrates. Una profesora, un par de años después, la asoció a la palabra pedagogo que deriva del griego paidós, niño y agein, conducir; es decir, el que conduce al niño, que es, en definitiva, el rol del docente. Parecía que los latinos y los griegos, cuna de Occidente, la tenían re clara con la Educación. Y al que no, lo crucificaban.

Pero  volvamos a mi primera clase en el profesorado.

El profesor me alimenta con esa etimología y yo extraigo de mi cerebro las siguientes preguntas:

La “e” inicial ¿proviene de educare o de ex? El resto de las letras ¿derivan de educare o de ducere? ¿La “a” viene evidentemente de educar o la “e” de ducere cambió por una “a”? ¿O se hereda por sílabas? 

A continuación ingerí “unas vitaminas y proteínas” con las que me habían deleitado otros profesores anteriores y pensé:

En castellano los infinitivos perdieron la “e” final y por eso de amare>amar, cantare>cantar, tenere>tener, habere>haber y… educare>educar ¿Para qué necesito el ex ducere? ¿Para darle verosimilitud a una teoría?

La parte de la extracción siguió funcionando y ya en el éxtasis del pensamiento me dije:

 Estamos en febrero de 1996. Me están hablando de una teoría de la educación moderna, contemporánea. ¿Los antiguos romanos ya la tenían desde que el latín era latín? ¿La olvidamos durante dos mil años y la redescubrimos ahora?

La teoría evidentemente funciona. También funcionó en el caso del que inventó la falsa etimología. Fue “alimentado” con un par de latinismos y “extrajo” una etimología que le venía al pelo. 

Digámoslo de una vez. Educar viene de educare>alimentar y nada tiene que ver ex ducere y ni siquiera hace faltaLa analogía es perfecta y sus consecuencias también, dado que si de la alimentación del cuerpo extraigo beneficios, regeneración de tejidos, normal funcionamiento de los órganos, correcto crecimiento, etc., de la alimentación del espíritu extraeré sus equivalentes. 

            ¿Y qué pasa con ex ducere?

Ex es una preposición latina que ha derivado en castellano en nuestro prefijo homónimo presente en las palabras expedir, extraer, expeler, exportar, exocéntrico, etc. Tiene una idea de movimiento de adentro hacia afuera, un verdadero extraer (justamente de ex + trahere,traer), es decir un “traer de adentro hacia afuera”.

Ducere es un verbo que significa guiar, conducir y por extensión liderar, gobernar.  De ella deriva la palabra “duque” y es la razón por la que a Mussolini le decían Il Duce.

Este verbo combinado a diversas preposiciones ha dado en castellano varios resultados:

Cum + ducere> conducir

De + ducere> deducir

In + ducere> inducir

Pro + ducere> producir

Ad + ducere> aducir

Trans + ducere> traducir

Ex + ducere> ¿educir? No, esta no existe. Para eso tenemos extraer, como hemos visto.

Ex ducere jamás pudo haber dado educar ya que la lengua avanza según ciertas reglas lingüísticas y no por una cuestión de conveniencias o parecidos. ¿Se sorprendería usted si yo le dijera que párroco y parroquia nada tienen que ver etimológicamente? Pues asómbrese porque así es.

Estas reglas tienen que ver, entre otras cosas, con que si las vocales son tónicas, pretónicas o postónicas; si las consonantes son sonoras o sordas (esto es si se mueven o no las cuerdas vocales); si las letras están próximas a otra consonante o vocal (y depende de cuál con cuál se producirán diferentes cambios); si son intervocálicas; si están seguidas de un diptongo; con el punto de articulación (es decir, dónde pongo la lengua cuando pronuncio) y varias más. Una combinación de varios de estos fenómenos dio como resultado, por ejemplo, que el latín verecundia haya dado el castellano vergüenza. Se pueden producir cambios, desaparición de sonidos o agregados. Hechos históricos, sociales y culturales -como la influencia de otras lenguas- también contribuyen y hacen que la evolución continúe o que la lengua se consolide y se detenga.

En el caso que nos ocupa, las reglas a tener en cuenta son dos. La primera ya la mencionamos y es aquella que dice que una vocal postónica se pierde. Esto ocurrió con la última “e”. La segunda es la que dice que las vocales abiertas tónicas como la “e” y la “o” diptongan o se cierran. Es decir, una “e” tónica (como la primera de ducere) puede cambiar a “ie” o a “i”. Esa es la razón por la que todos los derivados de ducere terminan en –ducir, o sea, ocurrió la segunda posibilidad y la “e” se cerró en una “i”.

Ejemplos de esta doble posibilidad ocurren con la e de sentire y mentire que diptonga en presente y se cierra en pasado ya que esa sílaba siempre es tónica en presente y lo fue en un primitivo pasado: siento y miento; sintió y mintió.

En el caso de la “o” –que diptonga en “ue” y se cierra en “u”- tenemos el ejemplo de dormire que tiene en el presente la forma duermo y en el pasado durmió.

Y eso es todo. 

Lo más grave de la falsa etimología de educar es que proviene del ámbito mismo de la educación moderna. La he visto en letras de molde en decenas de páginas conviviendo alegremente con la falsa etimología de adolescente; esa que hace derivar una palabra latina atestiguada en el siglo V. a de C. (adolescente, participio presente de adolescere, crecer) de una palabra castellana (adolecer, formada de ad + dolere) registrada por primera vez en 1251. Y al hacerlo, la educación moderna ha cometido los errores que le achacaba a la educación del pasado y que ella misma se jacta de no cometer. A saber: repetir “como un loro” lo que otro dijo, no pensar por sí mismo e ir a corroborar la sentencia (lleva sólo un minuto consultar un diccionario etimológico) o no ponerse a estudiar las reglas de evolución lingüística si es que pretende usar la etimología para sustentar sus teorías. Y, lo que es peor, sacar o restarle horas a Latín y Griego a la carrera de Letras y poner Introducción al Pensamiento Científico en el CBC,  pero después no usar ni lo uno ni lo otro. Cualquier libro de Lógica elemental nos dice que de premisas falsas jamás podemos llegar a conclusiones verdaderas.  Este ensalzamiento del cómo en detrimento del qué apoyado en un absurdo “total para qué sirve en la vida cotidiana” ¿es una contradicción dialéctica o una contradicción lógica? En el primer caso dinamiza; en el segundo paraliza. Deduzcamos.

Una aclaración final. La etimología de la palabra pedagogo mencionada anteriormente (del griego παιδος –paidós-, niño y αγειν –agéin-, conducir) es correcta. El pedagogo era el esclavo que conducía al niño. Pero aquí también tenemos el risueño caso de los que agregan “a la escuela”. No jodamos, hombre. El esclavo conducía al niño adonde el amo se lo ordenase y no sólo a la escuela. De hecho era una especie de niñero que lo llevaba a todos lados para cuidarlo y servirlo. En muchos casos esta relación se tornaba afectuosa y en ocasiones el esclavo se convertía en una especie de amigo y consejero que le enseñaba algunas cosas pero el maestro estaba en la escuela, que era adonde el pedagogo lo llevaba, ¿recuerdan?

(1)Marcelo Raúl Crisafio nació en Avellaneda, Pcia. de Buenos Aires en 1967. Es Profesor de Castellano, Literatura y Latín profesión que ejerció y ejerce en colegios de la ciudad de Buenos Aires y la Provincia de Buenos Aires. Durante años se dedicó a la enseñanza del español como Lengua Extranjera. Actualmente estudia Bibliotecología en la Biblioteca Nacional. 

 

 

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