El Lugar de la Autoridad en la Construcción de la Subjetividad. La presencia del otro en el despliegue subjetivo

2013_03_20_1296Lic.Paula A.Fortuny(1)

Nos encontramos ante múltiples desajustes entre los sujetos escolares y las instituciones educativas. Desajustes que hablan de la vida de estos sujetos, de las instituciones y del lazo social entre generaciones que es lo que propiamente las sostiene. La mayoría de estos problemas se despliegan en las relaciones entre estos sujetos escolares y los adultos, siendo su eje vertebrador el campo de las problemáticas de la subjetividad, riesgo siempre presente en la práctica educativa.

Desde los aportes del psicoanálisis y sus textos antropológicos se reseña el término de autoridad, teniendo en cuenta lo siguiente: la importancia del Otro en la construcción y el despliegue subjetivo. La importancia de ese Otro que se desplaza de la función paterna a la del maestro y educador, radica en ser el portador de sentido que otorga significación y trascendencia al devenir actual del sujeto escolar.  

El origen de toda “autoridad” para el psicoanálisis -la importancia de la palabra del Otro- recae en el dialéctico juego identificatorio, la  internalización de lo simbólico y su posterior formación del superyó. Actualmente se aprecia un desdibujamiento o degradación de la palabra del Otro como consecuencia de los vaivenes socioculturales tecnoafectivos y tecnodigitales que nos atraviesan con implicancias en el despliegue del sujeto en formación.  

El sujeto escolar adviene como tal en la relación con esos otros y en tránsito permanente de sucesivas identificaciones, atravesados por la época actual.  La pregunta que surge frente a esto es ¿cómo el malestar en la cultura desplazó el mundo de los superhéroes al mundo zombie? ¿Qué es lo que representa el relato zombi en la cultura actual?   

Como cierre, una breve reflexión sobre las consecuencias e implicancias que tiene la palabra del otro.

La importancia del otro en la construcción y despliegue de la subjetividad

¿Qué significa para el psicoanálisis la palabra del Otro en la construcción y despliegue de la subjetividad? Para el psicoanálisis, es imposible pensar la construcción de la subjetividad sin la apoyatura en el vínculo con los otros significativos y en lo social. En su desarrollo, el joven niño, se vincula con los otros y va construyendo su ser, luego de unos años, desde miradas y voces de un mundo más amplio que el familiar. Ya Freud (1921) lo había planteado en su texto Psicología de las masas y análisis del yo,

Es verdad que la psicología individual se ciñe al ser humano singular y estudia los caminos por los cuales busca alcanzar la satisfacción de sus mociones pulsionales. Pero sólo rara vez, bajo determinadas condiciones de excepción, puede prescindir de los vínculos de este individuo con otros. En la vida anímica individual, aparece integrado siempre, efectivamente, «el otro» como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de esto modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio, psicología social en un sentido amplio, pero plenamente justificado” (pag. 2572).

Freud con esto quiere decir que la subjetividad no se despliega en el nivel excluyente de la familia, sino que se constituye en múltiples espacios: la familia, la escuela, las instituciones, la cultura. Ámbitos que intervienen en la búsqueda de sentido y significaciones tanto a nivel personal como colectivo, siendo todas las relaciones con esos “otros” las que van tejiendo la propia subjetividad.   

Ahora bien ¿qué es esa palabra del Otro y cómo se relaciona con la autoridad? Ese Otro, padre, hermanos, maestros, educadores y por último la cultura, son los portadores de sentido e intervienen otorgando trascendencia a las acciones sociales. Este malestar en la cultura que tanto menciona Freud, impone un aprendizaje: el postergar, inhibir o reprimir la descarga de tensiones en favor de un intercambio posible entre los sujetos para la satisfacción del deseo.

Primer punto.  Es imposible pensar esta construcción separada de las marcas de los encuentros con los otros significativos y del vínculo con lo social.  

a – Ese Otro de la familia

Freud (1920) conceptualiza la teoría de la “identificación” como aquel proceso que interviene en la construcción de la subjetividad y advenimiento del sujeto. La define como la operación mediante la cual se constituye el sujeto humano y la caracteriza como la manifestación más temprana de un lazo afectivo a otra persona. Esto es, su primer objeto de amor, la madre. Relación especular, dual con el niño, es constitutiva del sujeto pero puede convertirse en un obstáculo al servicio del sometimiento si no aparece en el horizonte la función del padre -o sustituto-. En él recae la función de separar la díada instaurando con ese corte la primera prohibición (incesto), que es la que permite el pasaje del narcisismo (yo ideal) a la identificación edípica simbólica (ideal del yo).  

Por un lado, la madre es imprescindible para su crecimiento y a la vez  es objeto del que tendrá que separarse, siendo central la función del padre, como representante de la cultura. Es el que rompe la ilusión que el narcisismo ofrece, e introduce al sujeto en un tiempo histórico generacional indispensable para la vida en sociedad y para su consolidación como sujeto autónomo. El padre como representante de la cultura a través de la prohibición, es el que permite el acceso al mundo simbólico. Tanto el duelo con la madre como la función de corte por parte del padre son necesarios para el advenimiento del sujeto.  

“Ese padre del Edipo enseña esos primeros años, el pequeño ser humano ha fijado de una vez por todas la forma y el tono afectivo de sus relaciones con los individuos y no podrá abandonarlas. Las personas a las cuales se ha fijado son sus padres y luego sus hermanos. Todos los hombres que haya de conocer posteriormente serán para él, personaje sustitutivo de estos primeros objetos afectivos (junto a los padres, también los educadores).  La conducta frente a los maestros y profesores no podrá ser comprendida sin considerar los años de la infancia y el hogar paterno.”

Estas relaciones posteriores asumen una especie de herencia afectiva.  Tropiezan con relaciones ulteriores sobre la base de las huellas mnémicas que cada uno de aquellos modelos primitivos ha dejado. El juego de estas primeras identificaciones son las que portarán la huella de sus próximas identificaciones y tendrán su efecto posterior en los vínculos sociales que el joven niño establezca con los discursos institucionales y la cultura.  

En la primera infancia, el padre será identificado como el modelo que querrá imitar pero también destruir porque es quién lo aleja de su primer objeto de amor, la madre. Llegada la pubertad -segunda infancia- se prepara un cambio en la relación con el padre: suele hacerle pagar muy cara la decepción vivida. De esta resolución advendrá la personalidad que adquirirá para el resto de su vida.  

Tanto en esta primera infancia como la segunda, acaece el encuentro del joven niño con los maestros y docentes. Encuentros que no son  más que el desplazamiento de esas primeras figuras parentales en el interjuego del complejo de Edipo y su disolución al final de la adolescencia. Con lo dicho hasta el momento, puede comprenderse la actitud adoptada ante los maestros, docentes, educadores donde se pone en juego el proceso de identificación.

El psicoanálisis en sus formulaciones con las series complementarias, introduce y muestra cómo se conjugan todos estos factores filogenéticos, hereditarios y vivenciales, especialmente de los cinco primeros años de vida, destacando la importancia de la singularidad y la historia en la construcción y despliegue de la subjetividad.  

La instancia psíquica del superyo, heredera del complejo de Edipo, es la que internaliza la prohibición a través de la función simbólica del padre como representante de la cultura. Es la que regula las acciones del sujeto y la conciencia moral. Su importancia radica en el posterior despliegue del lazo social. Esta presencia del Otro, en tanto autoridad, en tanto ley, tiene la función de introducir al sujeto humano en el orden simbólico, en la Cultura.  

Segundo punto. Para el psicoanálisis, el origen de toda autoridad son las identificaciones con el superyó. Allí donde la internalización de la prohibición como ley a través de lo simbólico es elemento fundante de toda autoridad.   

b- Ese Otro de la Cultura

Ahora damos un paso más. ¿Qué rol juega lo social en este juego de identificaciones y desidentificaciones, a través de lo simbólico, en este devenir del sujeto?  Sujetos-sujetados de un devenir histórico surcado por aconteceres individuales, grupales, institucionales y sociales.  Marcados por diversos ritmos y temporalidades que hacen historia desde la potencialidad deseante de ese Otro, la Cultura.  Freud (1921) lo destaca,

“Las relaciones del individuo con sus padres y hermanos, con la persona objeto de su amor […], esto es, todas aquellas que hasta ahora han sido objeto de la investigación psicoanalítica, pueden aspirar a ser consideradas como fenómenos sociales.” (Pág. 2572)

La subjetividad se inscribe en todo fenómeno social y todo fenómeno social atraviesa la dimensión subjetiva. Hoy, como hace ya un tiempo, la organización actual del estado se desdibuja, no se articula a la ley o la utiliza arbitrariamente. Devalúa el valor de la palabra y desvanece el valor instituyente de la familia y por ende de las instituciones educativas. Los adultos no se constituyen en modelos identificatorios, y en vez de tolerar las diferencias intentan borrarlas. El joven niño transita un camino de búsqueda, ruptura y construcción que implica ya en la adolescencia la tramitación de duelos y proyectos. Uno de los trabajos a resolver es el doloroso desasimiento de la autoridad parental y el pelear por el derecho a su propia autonomía pero, ¿cómo diferenciarse si no hay opiniones sostenidas y el desdibujado lugar de la autoridad muchas veces no constituye un lugar de confrontación?  

“En este período, en el encuentro con lo nuevo, con lo no conocido anticipadamente, cuando ya ningún rostro, ninguna mirada, le devuelve la imagen unificada a la manera de aquel único espejo, será el conjunto de las miradas y voces de esos otros, investidos por el joven, los que le repondrán las piezas del rompecabezas que sólo él será capaz de armar […] se trata de crear-encontrar, buscar-crear inscripciones, reinscripciones, en las que otras miradas y voces den sentido a estas nuevas sensaciones, erogeneidades y realidades”

En el joven niño, como ya se dijo, interviene su herencia afectiva y experiencias. Su vivencia del mundo se va inscribiendo en su cuerpo y su discurso muchas veces es eco de un otro institucional y social. La Cultura con sus instituciones dinamiza y desarrolla un dialéctico espiral que impregna esos mandatos que nutren y juegan en el despliegue subjetivo.    

En nuestros días, pareciera buscarse y desplazarse en las instituciones escolares, en los medios, en la tecnología, el valor y sostén de lo simbólico cuando este falla o se ausenta como resguardo y protección frente a la angustia y malestar que Freud manifestara. Hoy, un mundo de imágenes y patologías del acto son protagonistas en este devenir en el que se ha perdido el valor de la palabra para ser representada y se busca imperiosamente una necesidad de confrontación. La imagen en detrimento de las palabras. El acto en detrimento del pensar. Así nuevas patologías -como el trastorno general del desarrollo, el déficit de atención, etc- dan cuenta de que algo está sucediendo. Un nuevo lenguaje, un chat con respuestas rápidas y carentes de sentido donde no hay preguntas; peor aún, no hay sujeto ni verbo. Los modos de concebir el tiempo y el espacio han variado; las grandes distancias son sorteadas con internet y ya no son vividas como escollos insalvables a la hora de establecer o mantener vínculos.   

Freud nos da a entender que el malestar de la cultura inscribe cuerpos, donde el cuerpo físico reproduce simbólicamente la angustia automática de un cuerpo social. Está clara la dificultad para estos jóvenes niños de acceder a modelos de identificación “sanos” cuya solución se encuentra en el psicofármaco de turno. Pero acaso ¿no sorprende la proliferación de estos trastornos? Y volvamos a lo dicho anteriormente:  acaso esa dificultad para acceder a modelos de identificación “sanos” ¿radica en estos jóvenes niños? o mejor dicho -y es válida la pregunta para desnaturalizar la situación- ¿hay modelos de identificación “sanos”? Pareciera ser que si googleamos la respuesta, en milésimas de segundos la ritalina o la risperidona aparece como bálsamo ante el vacío de respuesta. Googlear. Nevo verbo de la era digital que acalla una ausencia, un vacío de representación que desestima el pensar y el valor de la palabra. Acaso ¿hay adulto? ¿Cómo es ese “Otro” actual? Cambiemos de óptica.  Vayamos al lugar del joven niño y desde allí hagamos la pregunta: ¿qué percibe cuándo nos ve? ¿Cómo es ese “Otro” que tiene la responsabilidad y compromiso de velar por su cuidado y protección?

El debilitamiento de la figura del padre, de los lazos familiares y sociales tal vez haya contribuido a un opacamiento de los ideales y de los valores. Estos son sustituidos por figuras que expresan el lugar de la autoridad parental y la prohibición –como fundantes de la subjetividad-.  Hay descreimiento y un repliegue del sujeto sobre si mismo. Dificultad para implementar vínculos estables duraderos y comprometidos, que corren paralelos a la ausencia de una autoridad tanto individual como colectiva.  Este debilitamiento de los lazos afectivos deja el terreno fértil para que las pulsiones destructivas actúen libremente, a veces, en forma indiscriminada en las distintas modalidades de la violencia. El sujeto hoy en día tiene que tramitar en una soledad absoluta sus propios riesgos, frente a la salud, frente a su seguridad, frente a la educación.

Hoy, desde la clínica con los pacientes, se escuchan silencios. Silencios provocados por una “saturación del yo”, por exceso de información des-informante, una robotización de los vínculos, superficialidad en los afectos, ausencia de compromiso emocional y una sensibilidad impostada, adquirida en los modelos que aportan los videojuegos, la televisión, los cómics, haciendo del otro un objeto sustituible y renovable alejado de los procesos de pérdida y duelo. La atomización del hombre en roles viciados de sentido y manipulados por quién sabe qué fuerzas exteriores, medios de comunicación, discursos hegemónicos, todo un mundo tecnológico creado por el hombre, pero que dejó de estar a su servicio para convertirse en rector de sus conductas. Algunos hablan de una sociedad sin hombres, una sociedad deshumanizada o en palabras de Heidegger, el existente inauténtico.   

¿Es desde esta sociedad sin hombres que nos hablan los jóvenes niños de hoy? ¿Acaso desdibujamiento o degradación de la autoridad? ¿Un grito desesperado para despertar al hombre ? O ¿ambas cuestiones?  

De Batman y Robin al Zombie. Consecuencias y devenir actual en el despliegue subjetivo

En el siguiente relato se oye la angustia de M., mamá de un preadolescente en espacio de sesión en el que expresa:  “es muy triste hablar con mi hijo, un chico de 12 años que no se siente atraído para ir al cine, mucho menos de leer un buen libro. Me preocupa su futuro. Tanto él como sus amigos se idiotizan en videojuegos y comics referentes a los zombies y no puedo expresarlo de otra manera. Es lo que él y sus amigos me expresan cuando los escucho hablar, moverse y vincularse con los demás. Son zombis que caminan por la vida ”.

¿Cuál es el rol del Estado, las instituciones y mandatos familiares para que esos seres estén en el capricho inagotable de todo joven niño? ¿Cuál será el advenimiento subjetivo mediante la identificación con estos abominables seres vivientes-moribundos? ¿Cómo se llegó de Batman y Robin al Zombie? ¿Cómo se inscribe y en qué contexto esta cultura zombi? ¿Dónde ha quedado esa ilusión de niño donde los superhéroes captaban nuestra atención, una ilusión por-venir con una sociedad y justicia donde los buenos siempre ganan? Los superhérores eran aquellos a los cuales queríamos parecernos y mediante el juego nos apropiábamos de todos sus atributos. Donde las fuerzas poderosas de la luz, siempre triunfantes y victoriosas, se imponían por sobre las más oscuras tinieblas del mal, siniestro y poderoso tánatos.

La autoridad parental, antes encarnada por los superhéroes y sus atributos, hoy es el zombi. Un desdibujameinto o degradación en este devenir zombulante acaso ¿refleja la alienación autómata del atravesamiento tecnológico ? Acaso ¿el ocaso del deseo?  ¿Quién es el zombi y quién está idiotizado en el relato de M.? ¿Encarnamos el modelo zombi y no nos dimos cuenta? ¿Qué nos están queriendo decir? Síntoma social de lo que el mundo está ofreciendo. Metáfora de una modalidad de lazo social, que expresa fantasmas y temores de un psiquismo en desarrollo haciéndolos jugar en escenas de ficción –y no tanto- que proyectan un futuro que contiene las peores fantasías.  Mundo zombi, producto de un interjuego de identificaciones; fantasmas que contrastan con la idealización y fascinación que los jóvenes niños producen hoy en el mundo adulto.

Los zombies han pasado a ser los pobladores predilectos del horror por causas más profundas que la simple evolución de los gustos del público. Epítome de nuestro tiempo, estas criaturas de la oscuridad que vienen a recordarnos que si existe la luz es porque nace de un juego de sombras. Frente a los nuevos desafíos tecnológicos y nuestro tejido ideológico y discursivo, el zombi se alza como emblema de la no-institucionalidad, lo in-diferente, lo no-productivo, lo disociado. Forma parte de una masa informe de autómatas, sin identidad, que deambulan en busca de algo para digerir, pero que nunca se satisfarán. Es aquel que no accede a la masificación normalizadora, el que no se deja edipizar.  Es el esquizofrénico que no se deja acometer por los dictámenes del poder, las tentativas de control y masificación normalizadora. Todo le resbala al zombi. Representa esa perversión polimorfa de la que se nos ha obligado a salir. Es metáfora para entender la complejidad de nuestra sociedad hoy: plagas de cadáveres andantes, horripilantes no-muertos y ficcionados que vela lo permanecido sepultado bajo paradigmas tecnoafectivos que proponen un encuentro con la muerte y con el ser. Pensar el zombie es pensar lo impensable. Lo extraño, misterioso y desconocido, enigmas atemporales de la vida. Aquello que para Freud nunca tuvo inscripción, muerte y sexualidad. En su famoso ensayo de “Las palabras y las cosas” (1997), Foucault hablaba de cómo habíamos perdido la capacidad de referir a través del lenguaje: las palabras se habían opacado y nos dejaban el aroma de su presencia.  La cultura zombie conlleva el abandono de la palabra, del cuerpo y de la subjetividad. Zombie, una extraña palabra para lo que no tiene nexo, identidad, fisionomía, cuerpo, deseo.

La horda zombi y su implicancia en el devenir de la subjetividad no trata de valorar o cuestionar sus implicaciones culturales, sino de poner en relieve la alienación que constituye encontrar un yo, afirmarse en una individualidad. Para Lacan, el aprendizaje necesita enraizar en juegos de poder y alienación edípico para que la realidad sea posible. A través de la creación de máquinas y de eslabonar mecanismos, el joven niño codificará el deseo a través de significantes sustitutivos y construirá el principio de realidad.  

Con la dialéctica pulsional (Eros y Tánatos), el zombi se encuentra con Lacan y se burla de Freud. En perpetuo estado bulímico, no conoce ni a su madre ni a Edipo, mucho menos el falo envidiado. Pareciera ser más afortunado, mantiene constante su estado perverso polimorfo, y hace lo que se le antoja según su principio de placer. Es un ser asocial con pleno derecho, sin una madre que lo obligue a estudiar y aprender. Aunque vayan en grupo, no son un cuerpo danzante al compás de Thriller. Son una horda de asociales reunidos involuntariamente sin siquiera saber que el de al lado existe, porque un zombi es todos los zombis en uno. ¿Qué representa el zombi ? Representa una no-construcción en el otro, la falta del otro.

a – El zombie ¿ valor de suplencia de una función estructurante ausente?

La Cultura Zombi pareciera vehiculizar la necesidad de expresar la ausencia de una autoridad parental que los identifique y les dé identidad.  Un reclamo actuado frente a una sociedad e instituciones (familiar, educativa) que dificulta el ambiente facilitador para el despliegue subjetivo. Ante el desdibujamiento instituido de la autoridad parental acaso ¿instituye la cultura zombie un desplazamiento de lo psíquico en el juego de los niños y en las modas de los jóvenes? ¿Acaso el zombi tendría un valor de suplencia de una función estructurante familiar o social ausente?

b – El zombie ¿valor de suplencia que hace de apoyatura frente a la ausencia?

La cultura zombie, como creación social, conecta a los orígenes de la cultura donde Freud entrelaza las fuerzas de Eros y Tánatos, pulsión de vida y muerte, necesidad y deseo. Relatos que tocan y reactivan la fase animista de los pueblos primitivos, que en uno de sus textos antropológicos, Tótem y Tabú (1914), homologa con la vida anímica infantil.

En el sentido estricto de la palabra, el animismo es la teoría de las representaciones del alma; en el sentido amplio, la teoría de los seres espirituales en general. […] Lo que ha provocado la creación de todos estos términos es el conocimiento que hemos adquirido de la forma singularísima en que los pueblos primitivos desaparecidos o aún existentes concebían o conciben el mundo y la Naturaleza. Tales pueblos primitivos pueblan el mundo de un infinito número de seres espirituales, benéficos o maléficos, a los cuales atribuyen la causación de todos los fenómenos naturales y por los que creen animados no sólo el reino vegetal y el animal sino también el mineral, en apariencia inerte”. (Pág. 1795)

Los pueblos primitivos concebían al mundo y la naturaleza con un infinito número de seres espirituales a los cuales atribuyen la causación de los fenómenos naturales y a los que creen animados. Estas representaciones de las almas constituyen el nódulo del sistema animista: que los espíritus corresponden a las almas que han llegado a hacerse independientes. Tanto los animales como las plantas y las cosas fueron concebidos con alma.  Se designa con el nombre de animismo a la teoría de las representaciones del alma. La formación de las representaciones de las almas es una reacción a los fenómenos exteriores y la posterior transferencia de dichas representaciones a los objetos del mundo externo. En la fase animista del pensamiento, que pertenecería al narcisismo, no existe ocasión de evidenciar objetivamente la situación real. La técnica del animismo nos revela precisamente la intención de imponer a los objetos de la realidad externa, las leyes de la vida psíquica. En todo sistema animista se tiene que presentar una justificación sustentada que llamamos supersticiosa. Es una construcción provisoria que cae por tierra ante la investigación psicoanalítica. Son construcciones colocadas a manera de pantalla entre los hechos y el conocimiento. Siguiendo con Tótem y Tabú, el tótem ha revelado, para el psicoanálisis, dos cuestiones importantes que servirían a los fines de dar explicación a la cultura zombi. Primero, que el tótem es en realidad una sustitución del padre. Segundo, que existe una íntima conexión entre el totemismo y la salida exogámica. Ambas cuestiones en relación al advenimiento del sujeto. Entonces teniendo en cuenta la sociedad actual, ¿será la cultura zombi un modo de expresión que hace anclaje frente a tanto efímero y trivial, que marca algo de la necesidad en medio de tanto vacío en el que se vive?  

Además de otorgarle al zombie un valor de suplencia frente a la ausencia de autoridad parental, homologarlo al tótem es darle un atributo diferente. Un valor de suplencia no de algo ausente, sino de lo que re-presenta: un tótem. Desde la presencia, donde tiene apoyatura la construcción de la identidad.  

El devenir del joven niño transcurre entre la permanencia y el cambio, entre la construcción de las representaciones de la exterioridad y de la interioridad, entre el “construirse un pasado para construir un futuro” (Aulagnier, P: 1991). ¿Será el zombi algo de la necesidad de permanencia en medio de la velocidad en la que se vive? ¿Es modo de expresión que hace anclaje frente al vacío de autoridad parental necesaria para la constitución subjetiva? Siguiendo con los lineamientos de P.Auglanier en relación a la dialéctica permanencia-cambio necesaria para la construcción de la subjetividad, se podría pensar que se producen configuraciones subjetivas acordes al juego identificatorio, ideales y prohibiciones. La Cultura zombi como expresión de un desdibujamiento en las figuras parentales lleva implícito el estado de vacío y desvalimiento que hace a lo familiar y social en el que se encuentra hoy el sujeto.

Resumiendo, la cultura zombie es una creación que remite a la vida infantil, con características de tótem, animista, mágico y transicional en el cual el sujeto se apoya para construir su identidad.

Conclusión

No se trata de vanagloriar ni el presente ni el pasado, tampoco desestimarlo. Solo cuestionarlo y desnaturalizarlo para re-visar pensamientos y criterios educativos que muchas veces, desde lo que se cree ausente, se mantienen con fuerza de una inercia incuestionada que no hace más que fijar al colectivo educador. Atender y transformar nuestra práctica hoy implica abrir la posibilidad a interrogantes no comprendidos y enfrentarse a lo que aún no ha sido pensado. Re-construir autoridad es construir subjetividades. Más que re-construir palabra donde no la hay, se trata de crearla donde nunca la hubo.  

“Si una noche de invierno un zombi entrase en una casa cualquiera… lo haría sin llamar a la puerta.  

Ya se sabe que los zombis nunca han estado interesados en el aprendizaje de las normas que rigen el universo.   

Pues bien, el zombi entra para encontrarse, más que probablemente, con el siguiente panorama: un ser humano aporreando el teclado con desidia a la par que mira una pantalla de entre 13 y 17 pulgadas que supo abducirlo hace poco tiempo.  

El zombie entra y percibe a este ser informático, que ni se da cuenta de la llegada del intruso voraz porque, claro, lleva unos auriculares puestos para que nada lo distraiga de su insaciable comunión diaria con el más allá cibernético.

El zombi reclama un poco de atención rompiendo algunas cosas a su paso. Ni caso.

El sujeto doméstico se gira sólo cuando lo empujan con fuerza de la silla en la que estaba plácidamente sentado disfrutando de las últimas novedades de la enésima red social a la que se había apuntado gracias a la soledad de los ratones comunicantes.

El zombi devorador mira a los ojos del cibernauta glotón y el milagro sucede: zombie conoce a zombi.

Eso sí, como en todas las grandes historias, uno sale malparado y muere engullido por el otro”.

Sólo bastará pensar cuánto de zombie hay en cada uno de nosotros.  

Y si alguien se quedó pensando, este escrito llegó a destino.

(1) Psicoanalista (UBA). Miembro Titular de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM) y Secretaria Científica del Capítulo de Arte y Salud Mental. Docente de Seminarios y disertante en Congresos Anuales AASM. Miembro del Proyecto de Investigación  “La Deserción Escolar en los inicios del Nivel Medio” aprobada por la Facultad de Psicología UBA (PROINPSI, 2015). Miembro de la Investigación finalizada “El tatuaje en la adolescencia” (PROINPSI, 2004). Co-autora del libro “El tatuaje en la adolescencia: un enigma a ser descifrado” (2012) y “Arte, Psicoanálisis y Salud Mental. El proceso creador” (2014). Psicóloga Educacional en Departamento de Orientación de Nivel Medio y Primario. Docente de Psicología en Nivel Medio. Ex docente de Psicología Evolutiva II (Adolescencia). Pasantía en Clínica de las Adicciones y Extensión Universitaria de la Facultad de Psicología UBA. Clínica psicoanalítica adolescentes y adultos.

 

Referencias bibliográficas

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  • Aulagnier, P. (1988) La violencia de la interpretación, Buenos Aires, Amorrortu.
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  • Lacan, J. (1991) El seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Editorial Paidós, Buenos Aires.
  • Levin de Said, Ana Delia (2004) El sostén del ser. Las contribuciones de Donald Winnicott y Piera Aulagnier,  Ed. Paidós, Psicología Profunda.
  • Lipovetsky, G. (1986), La era del vacío, Edit. Anagrama, Barcelona.
  • Lipovetsky, G. (1997), El crepúsculo del deber: la ética indolora de los nuevos tiempos democrático, Anagrama, Barcelona, 2005.

    

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